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Brutalidad corporativa y descontrol
Crece la violencia institucional

 

"La debilidad del Estado de Derecho, la impunidad, el retroceso social y la certeza de que estamos construyendo una democracia sobre la base de la exclusión de gran parte de la sociedad nos enfrentan con graves asignaturas pendientes".

Ante estas situaciones violatorias a los DDHH se sintió la ausencia —o la presencia esporádica— de las instituciones republicanas que deberían canalizar estos reclamos: el Poder Legislativo para la discusión de políticas y el Poder Judicial para la protección de los derechos fundamentales.

Este incumplimiento a las recomendaciones dictadas por los organos internacionales, como el Comité de DDHH de la ONU o la Comisión Interamericana de DD HH, en muchas ocasiones, se debe a la falta de voluntad política y de respeto por el sistema de protección internacional de derechos humanos.

Especialmente se observa en el marco de la denominada violencia institucional: han aumentado las ejecuciones extrajudiciales de civiles por parte de las fuerzas de seguridad y las torturas en centros de detención. Al respecto, es preciso recordar que ya en 1995, el Ilustre Comité de DDHH de la ONU había instado al Gobierno argentino a que se tomaran todas las medidas necesarias para impedir casos de uso excesivo de la fuerza, torturas, detenciones arbitrarias o ejecuciones extrajudiciales por miembros de las fuerzas armadas o la policía. Lamentablemente, ésta es otra de las recomendaciones incumplidas por el Estado.

Ante esta realidad, los mecanismos de control no funcionan adecuadamente, y esta ineficacia tanto del control administrativo, como político y judicial es una de las principales razones que coadyuvan a la brutalidad policial. A grandes rasgos diremos que durante estos años no se ha revertido la regla sobre el control judicial prácticamente inexistente o inadecuado ante casos de brutalidad policial, que en algunos casos resultan, por lo menos, condescendien

 La policía correntina
una de las más corruptas del país

Las violaciones a los derechos humanos cometidas por funcionarios policiales son, sin duda, uno de los principales problemas que debe enfrentar la democracia argentina. Jóvenes muertos en comisarías, personas desaparecidas después de habérselas visto por última vez al ser detenidas por agentes policiales, terceros muertos en tiroteos innecesarios o supuestos delincuentes que "caen abatidos" en dudosos enfrentamientos son sólo algunos ejemplos de los casos que la sociedad argentina está acostumbrada a leer en los periódicos todos los días.

Las fuerzas policiales frecuentemente utilizan con brutalidad su poder (por ejemplo, maltratando detenidos y disparando indiscriminadamente), se manejan con un concepto muy arraigado de complicidad corporativa, y tienen un muy débil control externo (falta de control que a veces se convierte en directa connivencia desde el sector político y el judicial).

Esta trilogía antes indicada —brutalidad, protección corporativa y falta de control— es un lugar común en todas las fuerzas del orden.

La investigación sobre diversos casos de brutalidad policial ha permitido la reconstrucción de una serie de patrones de comportamiento policial destinados a impedir o confundir la investigación de los homicidios. Estos patrones se estructuran como versiones oficiales destinadas a proteger a los responsables, tornar imposible la presentación de pruebas a la justicia y asegurar la no comparecencia de los testigos a los tribunales. En muchos casos ha sido posible comprobar que: 1) se construye una versión falsa de los acontecimientos —intentando incriminar a la víctima y alegando que se trata de un hecho de legítima defensa, o colocando un arma en manos de la víctima muerta a posteriori del hecho—; 2) se ocultan, destruyen o fabrican pruebas para desvincular a los policías; 3) se fabrican delitos para incriminar a personas inocentes, y 4) se amenaza, amedrenta o se toman represalias contra testigos, familiares o víctimas.

Son numerosos los casos en los que los agentes policiales, después de haber cometido algún delito, cometen serias irregularidades e ilegalidades con el objeto de encubrir sus crímenes, que no siempre quedan al descubierto durante el proceso penal. Se trata de supuestos en los que surge claramente que se han producido serios vicios procesales en el marco de la investigación preliminar —ya sea fraguando pruebas, encubriendo a los compañeros responsables, coaccionando a testigos, etc.— y en los que, aun en los casos en que tales actos policiales sean invalidados, en general no hay ninguna investigación criminal efectiva para determinar la responsabilidad penal o administrativa de los policías involucrados en esas diligencias ilegales.

LA TRILOGÍA ANTES MENCIONADA SE VE FAVORECIDA POR EL ROL CASI EXCLUSIVO QUE AUN JUEGAN ALGUNAS POLICIAS PROVINCIALES, COMO LA DE CORRIENTES. Cumple funciones de prevención del delito, de represión del mismo, instruye en sede policial los sumarios que serán elevados a los juzgados y aún con posterioridad, custodia en comisarías y alcaldías a quienes detuvo y es responsable de su "resocialización"

Esta irregular situación se produce sobre un terreno fértil de gravísima crisis institucional, de formación profesional y humana, de oficio policial, que viene de muy lejos en el tiempo y sin solución de continuidad, fruto de la degradación sistemática a que fue sometida buena parte de nuestra Policía Provincial por el poder político de turno que la hizo su apéndice, quitándole toda posibilidad de llegar a tener una verdadera jerarquía institucional, ni siquiera a tomar plena conciencia de ello.

                                Informe de las ONG Argentinas   sobre   los Derechos  Humanos

                 


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