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Entre caravanas y fiestas cumbieras
El estigma correntino 
del pecado feudal

                        por María Laura Riba

Raúl Romero Feris, ex-gobernador de Corrientes, permanece detenido desde la Plaza de la DignidadDiciembre de 1999. Herido, el sol se caía del cielo como un gran pájaro de fuego derribado a pedradas. Las dolidas piedras que las hondas del hambre, lanzan. Por su parte, el río Paraná se hundía en su desconcierto, se aterraba detrás de los gases lacrimógenos que había dispuesto el ‘orden’.

Algo marchaba mal en Corrientes. Quizá, algo siempre marchó mal en Corrientes.

  Año 1999. Raúl Rolando Romero Feris manejaba los hilos del gobierno del Partido Nuevo.

Año 1999. Durante varios meses, la gente marchó por las calles, se detuvo en la Plaza 25 de Mayo, cortó el puente General Belgrano. Esa misma gente devoradora de promesas demagógicas; esa misma gente harta de tragar platos vacíos.

Diciembre de 1999. A esa altura del año, Corrientes ya llevaba encima las marcas de la Represión Democrática Argentina. Su consigna fue clara: la pobreza es contagiosa; se deben aislar a los enfermos, ocultarlos debajo de las alfombras. Las alfombras indiferentes de un sistema que todo lo que toca, no lo convierte en oro, sino en barro o en estiércol.

Diciembre de 1999. En mitad del puente General Belgrano, el día 17, Corrientes se abrió en una salvaje represión. El flamante gobierno de Fernando De La Rua estaba detrás. Allí, la muerte se vistió de miseria y cartones; de pechos descubiertos y pañuelos húmedos sobre narices y bocas para espantar al miedo. Dos muertos. Decenas de heridos. Allí, en mitad de ese mismo puente, el nuevo gobierno nacional decidió la Intervención Federal a la provincia.

Ramón Bautista Mestre, ex interventor en Corrientes, asumió después de la violenta represión del PuenteEntonces Ramón Mestre llegó limpio y de traje, después de la tragedia, las balas y el cansancio. Orgulloso se acomodó en el sillón de Ferré y se dispuso a actuar.

Así las cosas, hubo que cerrar cuentas y se cerraron o se creyó que se cerraron o se hizo como si se cerraran. Para la Intervención Federal, todos eran culpables. Decididamente, se llevaba en la frente la estigma correntina del pecado feudal. Sin duda, la Intervención traía el claro mensaje económico que todo lo oscurece. Trajo para repartir la anemia nacional de un paupérrimo y cruel sistema de ajuste.

Los meses transcurrieron. Dos años, más o menos. Durante este tiempo, las mismas palabras de entonces se tocaron con las mismas palabras de un ‘ahora’ sin sorpresas. Pero sólo fueron palabras prisioneras de un sistema socioeconómico que aprieta y ahorca, que no deja espacio para aflojar la cuerda.

La niñez continuó apoyando trapos sucios y agua jabonosa sobre los vidrios de los autos, prosiguió descalza y harapienta lustrando botas, sin escuela ni alfabeto, sin padres con trabajo ni mesa con pan y leche.  Hoy, como ayer, las fábricas ostentan su desmoronamiento. El empleo sigue siendo un círculo rojo señalado en el diario con una fibra gruesa. Cada vez menos círculos, cada vez menos diarios.

 2001. Octubre. Primavera electoral en una Corrientes sin brotes nuevos.

2001. Noviembre. Segunda Vuelta. El calor comienza a apretar los ánimos y los votos en blanco, los impugnados y la abstención han dejado en las urnas, la marca registrada del agotamiento ciudadano.

Finalmente, después de alianzas inexplicables, de amenazas, de soberbias caravanas, de fiestas cumbieras, en diciembre de este año asumirá un nuevo gobierno correntino.

El pueblo ya votó. Un pueblo con escasa educación, con muy pocas oportunidades de elegir, con una división que lo parte en heridas y resentimientos. Independientemente del resultado obtenido y considerando el mensaje de las campañas políticas, casi no se puede dejar de pensar en cuántos correntinos habrán sido inducidos a votar por tal o cual candidato, a cambio de algo o de nada. ¿A cuántos, otra vez, no se les cumplirá la promesa a cambio del voto?. ¿Cuántos habrán sido engañados?.

Gobernador, vicegobernador, diputados, senadores, concejales, ya se están acomodando en sus sillones nuevos.

Sí. Quien se siente en el sillón de Ferré, quienes se acomoden henchidos de orgullo en sus respectivas bancas, sin duda se sentirán aliviados. Pero es un alivio pasajero el que los aguarda: Corrientes continúa enferma, tan enferma como antes de la última Intervención Federal, como antes de los antes. Corrientes es substancial integrante de una Argentina igualmente enferma. Enferma de injusticia y exclusión.

La niñez  prosiguió descalza y harapienta lustrando botas, sin escuela 

Quienes asuman en diciembre, se encontrarán con una provincia dividida en bandos, improductiva, empapelada de bonos devaluados hasta el hartazgo. Corrientes se quedó sin trabajo. Le duele la salud pública y la educación maltratada. Corrientes agoniza en el interior de un país del interior. Es la desolación correntina, la que sale a mirar la vida en cada ciudad, en cada pueblo, en cada instante detenido por el dolor de no pertenecer.

Quienes asuman, no ignoran que en Corrientes, los Derechos Humanos valen lo mismo o menos, que los bonos de pago CE.CA.COR. Los Derechos Humanos están devaluados, no figuran en el ranking de los más votados ni aparecen en la tapa de la revista Caras.

Corrientes, hembra guaraní, sale al país con los hijos cruzados por el abandono y la miseria, curtidos de hambre y de impotencia.

Algo habrá que hacer. Esta vez, ninguno podrá hacerse el desentendido.

La ‘miseria’, señores, está llamando a sus puertas. Y pareciera que el tiempo, ya no otorga nuevas oportunidades.

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