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Entre
caravanas y fiestas cumbieras
Algo
marchaba mal en Corrientes. Quizá, algo siempre marchó mal en
Corrientes. Año
1999. Durante varios meses, la gente marchó por las calles, se detuvo en
la Plaza 25 de Mayo, cortó el puente General Belgrano. Esa misma gente
devoradora de promesas demagógicas; esa misma gente harta de tragar
platos vacíos. Diciembre
de 1999. A esa altura del año, Corrientes ya llevaba encima las marcas de
la Represión Democrática Argentina. Su consigna fue clara: la pobreza es
contagiosa; se deben aislar a los enfermos, ocultarlos debajo de las
alfombras. Las alfombras indiferentes de un sistema que todo lo que toca,
no lo convierte en oro, sino en barro o en estiércol. Diciembre
de 1999. En mitad del puente General Belgrano, el día 17, Corrientes se
abrió en una salvaje represión. El flamante gobierno de Fernando De La
Rua estaba detrás. Allí, la muerte se vistió de miseria y cartones; de
pechos descubiertos y pañuelos húmedos sobre narices y bocas para
espantar al miedo. Dos muertos. Decenas de heridos. Allí, en mitad de ese
mismo puente, el nuevo gobierno nacional decidió la Intervención Federal
a la provincia.
Así
las cosas, hubo que cerrar cuentas y se cerraron o se creyó que se
cerraron o se hizo como si se cerraran. Para la Intervención Federal,
todos eran culpables. Decididamente, se llevaba en la frente la estigma
correntina del pecado feudal. Sin duda, la Intervención traía el claro
mensaje económico que todo lo oscurece. Trajo para repartir la anemia
nacional de un paupérrimo y cruel sistema de ajuste. Los
meses transcurrieron. Dos años, más o menos. Durante este tiempo, las
mismas palabras de entonces se tocaron con las mismas palabras de un
‘ahora’ sin sorpresas. Pero sólo fueron palabras prisioneras de un
sistema socioeconómico que aprieta y ahorca, que no deja espacio para
aflojar la cuerda. 2001.
Noviembre. Segunda Vuelta. El calor comienza a apretar los ánimos y los
votos en blanco, los impugnados y la abstención han dejado en las urnas,
la marca registrada del agotamiento ciudadano. Finalmente,
después de alianzas inexplicables, de amenazas, de soberbias caravanas,
de fiestas cumbieras, en diciembre de este año asumirá un nuevo gobierno
correntino. El
pueblo ya votó. Un pueblo con escasa educación, con muy pocas
oportunidades de elegir, con una división que lo parte en heridas y
resentimientos. Independientemente del resultado obtenido y considerando
el mensaje de las campañas políticas, casi no se puede dejar de pensar
en cuántos correntinos habrán sido inducidos a votar por tal o cual
candidato, a cambio de algo o de nada. ¿A cuántos, otra vez, no se les
cumplirá la promesa a cambio del voto?. ¿Cuántos habrán sido engañados?.
Gobernador,
vicegobernador, diputados, senadores, concejales, ya se están acomodando
en sus sillones nuevos. Sí.
Quien se siente en el sillón de Ferré, quienes se acomoden henchidos de
orgullo en sus respectivas bancas, sin duda se sentirán aliviados. Pero
es un alivio pasajero el que los aguarda: Corrientes continúa enferma,
tan enferma como antes de la última Intervención Federal, como antes de
los antes. Corrientes es substancial integrante de una Argentina
igualmente enferma. Enferma de injusticia y exclusión.
Quienes
asuman en diciembre, se encontrarán con una provincia dividida en bandos,
improductiva, empapelada de bonos devaluados hasta el hartazgo. Corrientes
se quedó sin trabajo. Le duele la salud pública y la educación
maltratada. Corrientes agoniza en el interior de un país del interior. Es
la desolación correntina, la que sale a mirar la vida en cada ciudad, en
cada pueblo, en cada instante detenido por el dolor de no pertenecer. Quienes
asuman, no ignoran que en Corrientes, los Derechos Humanos valen lo mismo
o menos, que los bonos de pago CE.CA.COR. Los Derechos Humanos están
devaluados, no figuran en el ranking de los más votados ni aparecen en la
tapa de la revista Caras. Corrientes,
hembra guaraní, sale al país con los hijos cruzados por el abandono y la
miseria, curtidos de hambre y de impotencia. Algo
habrá que hacer. Esta vez, ninguno podrá hacerse el desentendido. La
‘miseria’, señores, está llamando a sus puertas. Y pareciera que el
tiempo, ya no otorga nuevas oportunid
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