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"EE.UU. comete un
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crimen en Afganistán":
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Rigoberta Menchú
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Rigoberta Menchú,
Premio Nobel de la Paz "Los criminales, se llamen como se llamen deben ser juzgados", Rigoberta Menchú
1. ¿Qué opinión tiene sobre los atentados terroristas cometidos en Estados Unidos y sobre el marco mundial en el que ocurren?
2. ¿Cuál es su posición frente a lo que está ocurriendo hoy en Afganistán?
Esa agresión que viola toda legalidad internacional no la justifica nada.Estoy contra la guerra y he unido mis esfuerzos a quienes en todo el mundo claman y trabajan por la paz. Nadie, absolutamente nadie que actúe con cordura y sensatez puede defender la agresión militar de Estados Unidos contra el pueblo de Afganistán como un acto de justicia. Menos aún se puede pretender que con esos actos de guerra se estén creando las condiciones para que surja ahí un régimen democrático. 3. ¿Qué acciones ha desarrollado para llevar adelante esta postura contraria a la guerra? Ya me referí a la postura que hice pública el mismo día de los atentados en los Estados Unidos y a la carta que dirigí al Presidente Bush. El
lunes 8 de octubre, unas horas después de iniciados los bombardeos sobre
Afganistán, una delegación integrada por la Premio Nobel irlandesa
Mairead Coorigan Maguire, el Premio Nobel argentino Adolfo Pérez Esquivel
y mi persona, nos hicimos presentes en New York para entrevistarnos en la
Organización de las Naciones Unidas con el actual Presidente de la
asamblea General, el Presidente del Consejo de Seguridad y el secretario
General, el señor Kofi Annan. En cada una de esas reuniones expresamos
nuestro rechazo a la agresión militar que se había iniciado, con la
convicción de que la violencia no se combatirá con más violencia. 4. ¿Cuál es en estos momentos su relación con Chile? He tenido pendiente estar presente en Chile para expresar mi solidaridad e identificación con los miles de mujeres y hombres que en ese querido país luchan por la justicia y en contra de la impunidad. He seguido con sumo interés y admiración la perseverancia y la tenacidad de quienes se negaron y se niegan a dejar en la indignidad del olvido a las miles de víctimas del terrorismo de Estado. A mucha gente en todo el mundo nos inspiró la valentía y la determinación de quienes, a pesar de las amenazas y los peligros, se atrevieron a presentar las primeras querellas judiciales en contra del general Pinochet y otros de los grandes responsables de los más graves crímenes contra la humanidad. Admiro a los sobrevivientes y a los familiares de las víctimas que escogieron el camino de la justicia y se convirtieron en acusadores ante los tribunales; valoro a los abogados que se pusieron al frente de esas causas y las han conducido de manera ejemplar; respeto enormemente a los jueces que no han cedido a las presiones y están cumpliendo con la ley para devolvernos, poco a poco, la confianza en el sistema de justicia. He dicho muchas veces que el día que Pinochet fue detenido en Londres y se inició el proceso para extraditarlo a España, nació una esperanza de justicia para mí y para miles de víctimas del terror de los Estados. Por primera vez vi, de manera concreta, la posibilidad de llevar ante cualquier tribunal del mundo a los responsables de la muerte de más de 200 mil de mis hermanos guatemaltecos. Por primera vez vislumbré la oportunidad de ver juzgados de conformidad con el Derecho a los autores de los delitos de lesa humanidad cometidos en Guatemala; a los grandes responsables de más de 45 mil casos de desaparición forzada, de haber ordenado más de 600 masacres en comunidades indígenas, de haber borrado del mapa más de 400 aldeas campesinas, en fin, de haber cometido genocidio en contra del pueblo Maya. Más del 80 por ciento de las víctimas eran Mayas, como mi familia y como yo. Esa opción por el camino de la justicia y la vía del Derecho, me llevó a iniciar en diciembre de 1999 una querella ante los tribunales de la Audiencia Nacional de España en contra de los altos jefes militares y civiles, responsables de los delitos de genocidio, terrorismo de Estado y tortura cometidos en mi país Guatemala. Ese mismo voto de confianza en que algún día terminará la impunidad y funcionarán libremente los sistemas de justicia, nos llevó, a la Fundación que presido y a mí a constituirnos como querellantes ante los tribunales chilenos en contra de los principales responsables de la "Operación Cóndor". Al participar dentro de esa querella estamos documentando lo ocurrido en Guatemala desde 1966 como antecedentes directos de lo que después aconteció con las dictaduras militares en el Cono Sur. En ese año surgieron en Guatemala, por primera vez en América Latina, los escuadrones de la muerte, el secuestro masivo de opositores al régimen, la tortura de los prisioneros hasta la muerte y su desaparición definitiva. Incluso se inauguró la práctica terrible de lanzar al mar, desde aviones de la Fuerza Aérea, los cuerpos torturados de los secuestrados. Esos crímenes de terrorismo de Estado comenzaron en mi país 7 años antes del cuartelazo de Pinochet en Chile y 10 años antes del inicio de la dictadura militar en Argentina. Y el círculo se cerró, a principios de los años ochenta, con el envío de asesores militares chilenos y argentinos a Guatemala. Esos "embajadores del terror" llevaron a mi país las experiencias más sofisticadas en técnicas de control de ciudadanos, secuestro y tortura de opositores; en todas esas artes del horror a las que elegantemente les llaman "inteligencia militar". En todo ese proceso, de principio a fin, está presente la asesoría, el entrenamiento, el financiamiento y el equipamiento por parte del gobierno de los Estados Unidos. El papel directo y personal que jugaron personajes como Henry Kissinger o Vernon Walters está claramente documentado. Eso es lo que denunciamos, junto a otros acusadores chilenos, uruguayos, argentinos y paraguayos, en la querella recientemente presentada en Santiago ante el Juez Juan Guzmán Tapia. Ahí está depositado este nuevo voto por la justicia y en contra de la impunidad. Hay que volver a inventar la esperanza con el optimismo de que, a pesar de los tiempos adversos que hoy vivimos, cada día somos más las mujeres y los hombres que compartimos ese sueño. Y para empezar a cumplir ese compromiso con el pueblo chileno y en particular con quienes han empeñado sus esfuerzos en la lucha contra la impunidad, estaré en Santiago el próximo martes 30 de agosto para participar en el gran evento que los organizadores de la Caravana por la Vida han preparado en el Estadio Nacional. Con gran emoción uniré mi corazón al de los miles de enamorados por la vida, que tercamente nos negamos a claudicar ante el olvido.
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